TradWifes

Cuando era pequeña, una vez al año acudía a la típica revisión dermatológica.

Lo recuerdo con claridad porque fui durante muchos años, y porque la doctora en cuestión tenía un punto extravagante; su consulta estaba en su piso de la calle Muntaner, en Barcelona, y todavía conservo en la memoria lo recargado de su decoración, la mezcla de estilos renacentista y barroco, las cientos de figuritas de porcelana y de cristal, y los cuadros que decoraban las paredes tapizadas a conjunto con las cortinas de terciopelo verdes.

Ella era baja, ancha, con una voz de tono elevado y chillona, que hacía eco por todo el edificio, muy rubia con el pelo liso largo hasta la cintura y un flequillo recto que supongo debía de estar de moda. Siempre iba maquillada con un colorete demasiado subido y los labios de color rosa. A mí me encantaba porque era mi ideal, la forma en la que maquillaba a mis propias muñecas.

Cuando crecí, me di cuenta de que no era tan favorecedor como pensaba entonces.

Esa doctora era una eminencia, detrás de su aspecto poco común y de su personalidad extrovertida se escondía una mente brillante y una médico excelente, cosa que me asombraba todavía más y me parecía toda una declaración de principios sobre que no hay que juzgar nunca el aspecto de alguien por su profesionalidad.

Un día nos enteramos de que había conocido un hombre, se había casado con él, había cerrado la consulta y se había ido a vivir con él en un pueblo cuyo nombre no recuerdo. Había dejado su profesión, decía que era feliz llevando botas de montaña y acompañando a su marido al campo —era ingeniero agrónomo—.

Mi yo adolescente de 17 años dijo enseguida que iba a durar dos telediarios, porque no llegaba a comprender que alguien tan inteligente, con una profesión y una carrera lo dejaste todo por un hombre. No me cabía en la cabeza, y de hecho hoy en día sigue costándome de aceptar. Muy de tanto en cuando me pregunto si seguirá allí o se habrá marchado a otra ciudad y volverá a ejercer de dermatóloga, y en secreto deseo que sea eso último.

No porque no deseo que sea feliz, sino porque me cuesta demasiado aceptar que la felicidad suprema esté supeditada a casarse con alguien. Es tan… ¡siglo pasado!

¿Y por qué? Porque ella había renunciado a todo por lo que las mujeres llevan luchando durante años, por tener independencia económica, por poder realizarse profesionalmente, por no depender de un hombre.

Infeliz de mí, me doy cuenta ahora de que existen muchas más mujeres como la doctora de lo que en un principio creía, y más jóvenes que ella. Porque, aceptémoslo, en la generación de mis padres poca gente tenía la oportunidad de labrarse una profesión, de estudiar en la universidad. Las mujeres que se divorcian y que tienen más de 40@ y que tienen que volver al mercado laboral son muchas más de las que deberían.

Pero ahora, cuando las mujeres no deberíamos tener que elegir entre tener una profesión o una família —cosa que por desgracia, sigue siendo MUY difícil—, hoy, todavía hay mujeres que lo escogen. Incluso hay un movimiento en Estados Unidos y en Inglaterra llamado TradWifes que reclama sus derechos de poder elegir ese tipo de vida. Personalmente sigue asombrándome tal reclamo, ya que no se les niega su derecho, pues es lo único que durante siglos ha podido hacer la mujer. Más bien es una declaración de principios medievales, y sí, no hay más nombre que ese para aquellos que claman que la mujer debe de estar al servicio de su marido.

Tampoco conozco a nadie de menos de 30@ que con un solo sueldo pueda mantener a toda una familia. Y quizás alguna mujer viendo su insatisfactoria vida en esos tiempos que corren, mire hacia atrás y piense «mi madre no tenía una situación tan precaria» porque es fácil caer en la nostálgia. Claro, pero quizás tu madre no tuvo opción, querida.

No soy quién para juzgar a la gente sobre lo que tiene que hacer con su vida, pese a que lo hice en su momento, y sí, se me cayó un mito porque era para mí un referente de mujer independiente, triunfadora, y en realidad pensándolo bien no es extraño. Si en mi generación ya crecimos con el ideal de encontrar al príncipe azul, con todos los cuentos de Disney —ahora creo que son mucho más inclusivos en este tema—, esa idea subliminal y no tanto de que hay que casarse para ser feliz, en la generación de mis padres tuvo que calar mucho más hondo.

No creo que esa doctora sepa nunca cuánta decepción supuso para mí su decisión de vida, ni tampoco se imaginará que me acuerdo de ella ni que es objeto de una de mis reflexiones, pero espero que al menos se hubiese sentido orgullosa de saber que siempre la voy a recordar como una de las mejores profesionales que he conocido.

¿Qué opináis de este movimiento?

A mí me recuerda mucho a esa serie, Mujeres desesperadas, y sonrío porque quién la haya visto sabrá encontrar la analogía 😉

Nos leemos ❤

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